Lidia…mamá
Este Día de la Madre quiero contarles la vida de mi mamá: Elba Lidia Belardo, 86 años.
Mamá nació el 13 de enero de 1940. Era hija de un matrimonio ensamblado formado por Antonio y Paula, quienes se casaron cuando mamá tenía cuatro o cinco años por recomendación de unos amigos.
Antonio ya tenía dos hijas de una relación anterior. Paula también tenía dos hijos, y mamá creció con uno de ellos, Rubén, quien se encargaba de llevarla a la escuela e incluirla para jugar a la pelota con sus amigos. Según recordaba, tuvo una infancia difícil, sobre todo por la relación con su madre.
Con los años, consiguió trabajo en Magnasco, una fábrica de quesos con venta al público, y allí conoció a mi papá, Marcelo. Se casaron siendo ella muy joven; de hecho, en el Registro Civil tuvo que firmar su padre por ser menor de edad. Mi papá, en cambio, ya tenía 36 años: le llevaba 19 años de diferencia.
Su primera dificultad llegó con el nacimiento de mi hermana Marcela. Lamentablemente, en esa época los médicos utilizaban un procedimiento muy extendido pero perjudicial: los fórceps. Ese parto le ocasionó un retraso en su desarrollo; Marcela siempre conservó la mentalidad de una niña de ocho años, sin importar si cumplía 20, 30 o más.
Luego de vivir en casas alquiladas, mis padres lograron comprar la suya propia. A papá le preocupaba el hecho de ser mucho más grande que ella, así que compró la casa con un local que mamá quiso convertir en mercería. La llamó «Marcela» y estaba ubicada en el barrio de San Cristóbal, sobre la calle Catamarca. Yo apenas tenía 6 años, pero me encantaba el lugar; la escuela estaba a la vuelta y mis amigos vivían cerca. Era el año 1973.
Mamá siempre estaba encima de Marcela. En ese período escolar comenzó a hacerse evidente lo mucho que le costaba estudiar: solo sumaba y restaba, pero le era imposible multiplicar y dividir. La directora de la escuela ayudó mucho a mamá en ese tiempo, ya que ella también tenía un hijo con capacidades diferentes.
Tras visitas a médicos, estudios y análisis constantes, determinaron que Marcela tenía una enfermedad en la sangre: lupus, una afección en ese entonces considerada mortal. Recuerdo a mamá corriendo para todos lados con Marcela. ¿Yo? No estaba al tanto de nada de esto. Si bien me obligaban a pasar tiempo con ella y llevarla al cine, la mayor parte del tiempo la pasaba en la calle con mis amigos, y así me gustaba.
Con el veredicto médico de que Marcela no llegaría a cumplir los 15 años, decidieron hacerle «la fiesta» cuando cumplió 14. Mamá iba a todos lados con Marce; hasta estudiaban juntas pintura, manualidades y otras actividades.
Para mí la vida era fantástica, hasta que llegó la «bendita» autopista 25 de Mayo.
El gobierno decidió expropiar todas las viviendas involucradas. La desgracia para nosotros fue que mis padres solo tenían boleto de compraventa; no habían podido hacer la escritura porque la persona que les vendió falleció y un familiar desconoció la venta. Aquello se transformó en una lucha de abogados y demandas que duró varios años. Como detalle, un abogado de mamá se vendió para la otra parte y ella tuvo que llevarlo a juicio. Mis padres nunca cobraron la expropiación: lo perdieron todo.
Una vez expropiados, empezamos a vivir de prestado: primero en Lanús y luego en una habitación en Barracas. Mamá seguía en la lucha por recuperar la casa y atender a Marcela. Papá trabajaba en Jorgiano, otra fábrica de quesos, y yo comenzaba la secundaria. Vivíamos los cuatro en una sola habitación; fue muy complicado.
Mamá continuaba enfocada en recuperar algo de lo perdido. Fue así que, luego de cinco largos años, decidió escribirle a quien entonces era el presidente de la Nación, el general Viola. La respuesta llegó el 2 de abril de 1982, con la firma del intendente de Buenos Aires, Osvaldo Cacciatore: nos cedían un departamento en el barrio de Lugano I y II a pagar en cuotas. No les pagaron la casa que les sacaron, pero al menos ya no vivíamos de prestado.
Marce iba al Instituto de Investigaciones Lanari y participaba en grupos de apoyo para personas con lupus, donde con dolor veían que el grupo se renovaba constantemente por el fallecimiento de sus integrantes. Sin embargo, Marcela seguía adelante. Aunque la familia siempre lo atribuyó a la fe, cuando ella tenía entre 45 y 50 años los médicos concluyeron que nunca había tenido lupus.
En medio de los años dedicados al cuidado de Marcela, quien cayó enfermo fue papá. Le diagnosticaron hidrocefalia y le colocaron una válvula para drenar el líquido cefalorraquídeo. Si bien el tratamiento ayudó en un principio, su salud fue deteriorándose de todas maneras, por lo que terminaron internándolo en una clínica psiquiátrica. Al ir a visitarlo con mamá, ella no soportó verlo atado y decidió traerlo de vuelta a casa a pesar de las recomendaciones médicas. Al poco tiempo de estar en casa, papá falleció.
Si preguntan por mí, yo ya me había ido del hogar para empezar mi propia vida.
Al fallecer papá, mamá, para hacer feliz a Marcela, decidió vender el departamento de Lugano y volver al barrio de San Cristóbal. Marcela tenía allí a sus amigos y conocidos de la iglesia; era su mundo y le quedaba cerca. Le costaba todo: no veía bien, le dolía el cuerpo y no le funcionaban los riñones, pero lo disimulaba bien. Mamá siempre estuvo a su lado, dedicándole todo su tiempo.
Marcela falleció a los 60 años sin que la medicina pudiera determinar con precisión qué afección tenía. Durante todo ese tiempo, mamá fue incondicional, cuidándola siempre con la dedicación que requería su mente de niña.
Mamá siempre estuvo detrás de Marcela y de papá; a ambos les dedicó su tiempo y su amor. Hoy ya no corre detrás de médicos ni de abogados: disfruta de su hogar y de sus nietas. Comparto con ella los fines de semana y, si bien a veces los recuerdos no son los mejores, sabe que hizo un gran trabajo como esposa y madre.
Quiero honrar su vida con este escrito.









